SENTIR LAS EVIDENCIAS
Leticia Soberón Mainero, psicóloga

1996
Artículo publicado en la Revista
RE núm. 38
Abrió el diccionario y leyó en él:
EVIDENTE. Dícese de una proposición cuando, al plantearse expresamente la cuestión de si es verdadera o falsa, nadie puede dudar racionalmente de su verdad.
«¿Nadie puede dudar de que es verdad?» -pensó-. «Pero... ¿tiene alguien alguna certeza? Nuestra razón es bastante lista, sí, pero es limitada. O sea: no es infalible. Y no sólo es que uno se pueda equivocar cuando piensa solo. Es que, además, incluso en grupo, podemos estar todos errados. Fíjate cómo está el mundo en este momento. ¿No estamos todos un poco locos?».
Aunque parezca increíble, él había sido un racionalista empedernido, heredero de la Enciclopedia y del siglo de las luces. Pero el brillante científico y profesor había quedado desencantado del rumbo funesto que había tomado la Historia, llevada a rastras por una razón autárquica y enloquecida.
Ahora, él había decidido tomar el sendero que conducía a ese lago rumoroso que llevaba dentro de sí mismo y que siempre le había atraído, pero que no conocía por temor de entrar en él. Cuantas veces lo intentó, se había detenido en el camino de su propia interioridad atrapado por ese bosque denso y ruidoso por el que ahora se adentraba. Voces, quehaceres pendientes, sangre de periódicos, retales de música olvidada, anuncios, vagas imágenes de películas, de gente apenas conocida...
Siguió firme hacia dentro, dejando entre las ramas los últimos jirones de ropa que aún llevaba puestos.
Al fin, después de un largo trecho, se detuvo absorto en el silencio y la quietud de aquel paisaje. Se tendió junto al lago de aguas lisas, y con una mano palpó su tibieza. Pasó un largo rato. Entonces, sintió en toda su piel la primera y más honda de las evidencias: «¡Soy!», paladeó, como si fuera la primera vez, esa sensación vital. «Ni dudo ni puedo dudar». Y le invadió por dentro una oleada de calor desconocido. «Soy». A la luz de esta evidencia, saltan otras muchas como en una cascada, y le iluminan senderos de largo alcance: «Yo no me hice a mí mismo. Si yo soy, es que otros también son, y fueron antes que yo: ¡tengo hermanos en este existir!». «No soy dios. Moriré algún día».
Caminó por este suelo firme de las evidencias. No serán muchas, pero sí suficientes. Vio que no son irracionales, ni subjetivas. Son previas a cualquier razonamiento, pero la razón goza con ellas, pues le sirven de base y punto de apoyo. No necesitan ser demostradas. Simplemente se ven. Y tienen mucho de belleza.
Pensó en el gato que por las mañanas veía siempre dormitando sobre el capó de un coche recién apagado, sintiendo su calor. «Seguro que ese gato siente, sin saberlo, igual que yo: es. Y se mueve con toda naturalidad por la existencia.»
En este mundo recién descubierto, su razón, antigua dictadora, ha adquirido su proporción adecuada. A la luz de las evidencias, aprende a distinguir lo que es sólo aparente; incorpora los datos que dan los científicos (toda ciencia se basa también en evidencias): ¡él podía no haber existido! La razón se armoniza mansamente, dejando atrás las antiguas veleidades de quien se creía un ser divino. Hoy da la mano al también humilde corazón.
Este viaje había llevado muy lejos a nuestro amigo profesor. Se vio reflejado en el lago, y descubrió en su rostro algo indefiniblemente nuevo. Había terminado por abrazar su propia realidad.
Al salir, comprobó que el mundo seguía tan conflictivo y difícil como lo había dejado al entrar. Pero, en su nuevo caminar, descubrió por primera vez a otros que, como él, iban vestidos de fiesta.
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