I. Consideraciones prolegomenales
Antes de entrar a analizar el realismo existencial en tanto que cosmovisión
filosófica, considero oportuno hacer unas consideraciones previas.
1. La prioridad del magisterio oral
Dice Platón que lo más trascendental de su pensamiento no está escrito
en los Diálogos, sino que precisamente radica en aquello que no se ha
dicho. También Kierkegaard afirma que en ninguno de sus Papeles se encuentra
el misterio último de su vida, la clave de su pensamiento. Lo cierto es
que difícilmente podremos acceder al pensamiento real de un filósofo a
través de los textos que ha dejado en la historia. La hermenéutica textual,
con todo y ha evolucionado mucho desde H.G. Gadamer hasta ahora, implica
siempre un grado de incertidumbre.
El magisterio oral es muy superior al magisterio escrito. El magisterio
directo y enfático a través de la palabra, el contacto diario, la presencia
viva, el rostro a rostro, la comunicación espontánea entre nuestro maestro
y discípulo superan con creces el plano de la escritura. Es distinto analizar
un texto a distancia que sumergirse en las entrañas de un pensamiento
vivo que uno ha palpado con sus propias manos y que lo ha sentido expresar
de la boca del maestro. El aliento del maestro es insustituible ...
Imagino que el magisterio oral (y vital) de A. Rubio supera con creces
los textos que nos ha dejado. Esto significa que analizarlo desde la escritura
resulta difícil y empobrecedor. Con todo, intentaré integrar la vitalidad
de su presencia en el análisis estrictamente filosófico.
2. La coherencia como virtud fundamental
La coherencia es la gran virtud de un filósofo. Lo expresó Kant en la
Crítica de la razón práctica (1788) y su sentencia tiene una validez perenne.
Incluso creo que la coherencia debería considerarse criterio de autenticidad.
El filósofo vitalista debería ser vital en su vida real, el filósofo nihilista
debería ser nihilista en la vida de cada día, el filósofo estoico debería
ser estoico en el trato cotidiano.
Esta autenticidad ha quedado diluida en la historia de la filosofía occidental.
Nietzsche, el gran vitalista, llevó una vida llena de amargura. Séneca,
el estoico, se suicidó en medio de grandes pasiones. Y Rousseau, el gran
filántropo ilustrado abandonó a sus hijos en un hospicio. Si se compara
la vida de algunos pensadores con su filosofía, se da cuenta que entre
aquello que defienden y aquello que hicieron, ciertamente hay un abismo.
No es éste el caso de Alfredo Rubio y su realismo existencial.
En las pocas ocasiones que pude conversar con él, tuve la impresión de
una enorme coherencia entre su ideario y su vida cotidiana. Los que le
trataron cotidianamente podrán corroborarlo mejor que yo. Esta simetría
estética, esta armonía entre la palabra filosófica y el gesto vital es
lo más remarcable de un pensador.
3. La belleza de la philosophia cordis
En términos generales, puede distinguirse entre dos tipos de filosofía:
una filosofía del corazón (philosophia cordis) y una filosofía de la razón
(philosophia rationis). Esta distinción que hace B. Pascal en sus Pensamientos
entre las razones de la razón. La Filosofía es un discurso eminentemente
racional que versa sobre los grandes misterios de la existencia humana,
pero este discurso no hay que entenderlo unilateralmente racional. Hay
un grupo de pensadores que han elaborado un pensamiento conceptual, sistemático
y construido sobre el punto arquimédico de la razón, pero también hay
un buen grupo de pensadores de nuestra misma tradición que han forjado
una filosofía enraizada en el corazón, en las vivencias cotidianas, en
el sentir de la vida diaria. En el primer bloque habría que ubicar a santo
Tomás, a Kant y a Hegel, mientras que en el segundo bloque habría que
nombrar a san Agustín, Pascal y Kierkegaard.
Teniendo en cuenta esta gran división, hay que decir que el realismo existencial
del Dr. Rubio pertenece a la philosophia cordis, dado que es una concepción
del mundo intensamente enraizada a una experiencia real de la vida vivida
con intensidad. La alegría de existir, tesis central de esta concepción
filosófica, es una tesis que supera con creces el marco conceptual, trasciende
el estatuto de un teorema filosófico: es una afirmación que surge del
corazón, que mana de la emoción del hecho de estar vivo. Esto no quiere
decir que sea un puro sentimentalismo, un puro romanticismo emotivo, ya
que el realismo existencial como cualquier otra concepción filosófica
disfruta de una lógica interna, de una instraestructura racional. Con
todo, el corazón es la fuerza motriz y la dynamis de esta cosmovisión.
II. Realismo versus idealismo
Con el fin de esbozar el contenido filosófico del realismo existencial,
me centraré en la obra clave de Alfredo Rubio,
historias clínicas -progresivas- de realismo existencial.
Empecemos por un análisis del nombre. Las dos palabras: realismo y existencial
tienen un peso y una tradición en la historia del pensamiento occidental,
pero según mis conocimientos, nunca no se han puesto de lado, formando
un binomio integrador. Esta confluencia es especialmente interesante para
ser investigada.
El realismo es, grosso modo, una tendencia filosófica que parte
de la afirmación de la realidad extramental, es decir, de la afirmación
del ser más allá de la conciencia. El realismo parte de la dualidad sujeto
y objeto. Hay un sujeto que contempla el mundo y hay un objeto (la realidad)
que es contemplada por el sujeto. Aristóteles es el primer exponente filosófico
del realismo ontológico, después le seguirá santo Tomás y otras corrientes
de enorme trascendencia.
El realismo se contrapone, fundamentalmente al idealismo, que considera
que propiamente no hay objeto, que no hay realidad extramental, sino que
sólo hay sujeto, un sujeto que construye el mundo desde su identidad.
El idealismo niega que la realidad exterior tenga una identidad ontológica.
El máximo exponente de esta corriente es, a mi entender, Berkeley que
dice textualmente: Esse est percipi (El ser es aquello percibido).
Sólo hay ser, si hay sujeto que percibe. El punto culminante del idealismo
lo representa el idealismo alemán de Hegel, Fichte y Schelling.
El realismo existencial parte de la afirmación de la realidad. Es, por
tanto, una filosofía del ser y no de la conciencia. Hay realidad y esta
realidad es plural, sugerente, bella, armoniosa y rica desde el punto
de vista metafísico. Vivir es participar de esta realidad, es disfrutar
de todos los bienes y disfrutar máximamente de ellos.
III. Existencialismo versus esencialismo
El esencialismo es aquella corriente metafísica según la cual cada realidad
tiene una esencia ideal prefijada con anterioridad y que define la naturaleza
de cada cosa. El platonismo es claramente esencialista. Hay un mundo de
esencias puras y un mundo empírico y terrenal. Este segundo mundo es la
imagen grotesca del primero. Según el existencialismo, en cambio, la existencia
precede a la esencia. Esto significa que el hombre en sí mismo no es nada,
sino que llega a ser algo en la medida que existe, en la medida que construye
un proyecto libre con su existencia. No se puede definir la esencia del
hombre antes que su vida. Es aquello que va siendo a lo largo de su existencia.
Según el existencialismo, la precedencia de la existencia respecto a la
esencia es lo que garantiza la libertad. El hombre es libre porque no
está predeterminado de entrada, sino que es capaz de construir un proyecto
libre con su existencia a través del compromiso.
El realismo existencial es, pues, la afirmación de la realidad exterior
vivida de forma intensa. El hombre no está determinado, ni prefijado de
entrada, sino que actúa y se desarrolla libremente en este espacio real.
A medida que actúa va definiendo su naturaleza y su esencia. En el existencialismo
francés de raíz atea, la existencia es interpretada como una losa, como
una carga pesada que el hombre arrastra sobre sus hombros. En la obra
de Rubio, existir no es un peso, ni una calamidad, ni un error, sino un
gozo, un gozo pleno y radical. El vitalismo moderado recorre toda la obra
de Rubio.
IV. El realismo existencial
El realismo existencial tiene una estructura propia y singular que se
vertebra alrededor de las siguientes categorías:
1. La experiencia radical
Mi existencia es la primera evidencia vital, no intelectual o lógica.
La primera evidencia no es el acto de pensar (el cogito cartesiano), sino
el existir. Existo no hay vuelta de hoja. Siento que existo. Estoy presente
en el mundo. Percibo otros seres a mi alrededor. Me doy cuenta de que
soy alguien con una identidad propia, alguien que está llamado a llegar
a ser algo.
El hecho de existir se entiende fundamentalmente como un gozo. El gozo
de estar vivo, el gozo de poder reír, cantar, bailar, navegar, correr,
amar, pensar, imaginar... El existir posibilita todos los otros gozos
posteriores. Por eso Rubio expresa esta primera evidencia con una exclamación
:"Sí ¡qué gozo existir! Haber contemplado olorosamente una magnolia, haberme
estremecido muchas miradas mirándome... rozarme una palabra amiga... esculpir
unos proyectos ..".
2. La gratuidad de existir
La segunda evidencia es la gratuidad de existir. Existo, pero podía no
haber existido. Soy consciente de que mi existencia no es necesaria, sino
absolutamente contingente y precaria. Si mis padres no se hubieran conocido
y amado, yo no sería y tampoco no sería nada de lo que digo. El existir
es absolutamente gratuito. No he hecho ningún mérito para existir, no
he pagado ningún precio por tener que estar aquí. Es un regalo, el regalo
más grande que jamás he podido recibir y sin el cual todo el resto no
existiría. Dice Rubio: "Cuando pienso, siento, que ciertamente podía no
haber existido, un estremecimiento implacentero me recorre la médula de
mi ser. Y casi a la vez, en una oleada contraria, gozo la exultante alegría
de ser, de existir ."
3. La fragilidad óntica
La tercera evidencia es la fragilidad de la existencia. Existo, pero mi
existencia es contingente, extremadamente débil y vulnerable. Soy, pero
podía no haber sido nunca. Además la existencia está constantemente amenazada
por el sufrimiento y por el horizonte de la muerte. Soy, pero dejaré de
ser. No hay nada más cierto que la muerte, dice Agustín en uno de sus
sermones. Rubio manifiesta esta fragilidad óntica de esta forma: "Soy
algo que antes ni era. Que empezó a ser. Que ahora estoy siendo. Un día
-¿una noche?- sé que cesará este modo de vivir. Lo recuerdo siempre, pero
no me importa. Vivo."
4. La aceptación del otro y de uno mismo
La cuarta evidencia radica en la aceptación de la fragilidad óntica propia
y ajena. El camino de la felicidad, de la madurez personal y la serenidad
existencial radica en el conocimiento de los propios límites y la aceptación
de la propia existencia tal y como se ha dado. Cuando la persona pretende
ultrapasar sus límites ónticos, cuando se obstina en no reconocer el carácter
transitorio y fugaz de su vida, entonces está en peligro de caer en la
autodeificación. Yo no soy el Ser necesario, ni soy el centro del universo.
Soy un ser contingente que es consciente de su indigencia y además soy
un fragmento más de la heterogeneidad del universo. Todos los seres participamos
de la misma precariedad, de la misma fragilidad óntica. Desde este punto
de vista, todos somos hermanos en existir. Todos los seres participamos
de la misma fraternidad óntica: el pájaro, el árbol, el hombre, la mujer.
El ejemplo sublime de esta fraternidad cósmica es san Francisco de Asís.
Tras el realismo existencial se respira un cierto franciscalismo. Dice
Rubio en un texto: "Tenemos que aceptar a todos, ¡a todos! O ¿es que no
son consecuencia ineludible del mismo pasado gracias al cual existo?"
.
5. La aceptación de la muerte
La muerte es un límite infranqueable. El hombre camina hacia su propia
muerte. No puede detenerla, ni puede anularla. Es su destino. Aceptarla
es el camino de la liberación personal. No aceptarla convierte al hombre
en un ser inquieto y desasosegado profundamente atormentado. La muerte
confiere seriedad a la existencia personal. No viviré siempre. El regalo
que me ha sido concedido - la existencia - tiene fecha de caducidad. Esto
quiere decir que mi vida es única e irrepetible y que tengo que disfrutarla
y vivirla con máxima plenitud. La lección de la muerte es clave para evitar
la frivolidad y el entretenimiento. Toda la filosofía, como dice Montaigne
en sus ensayos, es una preparación para la muerte. Dice Rubio: "La máxima
lección (...) que puede dar a sus hijos, que también han de fenecer, en
ésta: aceptar con alegría, el morir. Éste es el básico secreto para vivir
con felicidad la vida".
V. Patologías existenciales
Hay una forma de existir serena y equilibrada que es conforme a la realidad
del hombre. Sin embargo, hay otras formas de existir que causan heridas
en el corazón del hombre y son el origen de todos los conflictos. Cuando
el hombre ultrapasa sus límites ónticos, cuando juega a ser Dios, entonces
cae en una especie de prometeísmo de la voluntad que legitima la barbarie
y la destrucción del otro. En la raíz de todos los males está la deificación
del hombre, su autoproclamación divina. Rubio analiza esta forma patológica
de la existencia y se refiere a ella con la expresión: "la enfermedad
del ser".
No es el primer pensador que habla de la enfermedad del ser. Kierkegaard
en la Enfermedad mortal (1849) se refiere a la desesperación del
espíritu. Cuando el hombre se obstina en transgredir los límites de su
naturaleza cae en la desesperación del infinito. Rubio lleva a cabo un
diagnóstico de esta enfermedad del ser en tres niveles; el orgullo, la
vanidad y la ambición. Si el filósofo, como dijo un clásico griego, es
el médico del alma, entonces tiene que analizar los desequilibrios del
espíritu y tratar de ver las formas de terapia. En último término, la
salud integral de una persona no radica sólo en el bienestar de su dimensión
biológica, sino en la integridad de la persona. Si la filosofía, como
dice Kierkegaard, tiene que ser primordialmente edificante, quiere decir
que debe acompañar a las personas a la plenitud y consiguientemente detectar
las patologías que las esclavizan.
1. El orgullo
La primera enfermedad del ser es el orgullo que se corresponde con la
conciencia prometeica, es decir, el afán de brillar más que los otros,
de exhibir las propias capacidades y menospreciar las capacidades y virtudes
del otro. El orgullo es fruto de un complejo de inferioridad óntica que
se manifiesta en un instinto de destrucción. Dice Rubio: El orgulloso
(Renato) "querría absorber de la Tierra, por sus raíces, toda la absolutez
de ser. Y quedarse, soberbio, cual eucaliptus, aunque a su alrededor agostara,
como éste, toda hierba".
2. La vanidad
El vanidoso habla en primera persona del singular. Sufre una tendencia
egolátrica y una desmesurada valoración de sí mismo. Es una especie de
autoidolatría. El vanidoso (Victorio) "no ama la desnudez, la verdad".
Se viste siempre con lo que no es. No percibe esta túnica del no ser invisible;
y aún con ella todos acaban viéndole "tal cual es".
3. La ambición
La tercera enfermedad del ser es la ambición, es la voluntad de ser y
tener aquello que no se es y aquello que no se tiene. El ambicioso no
está nunca contento con lo que es y lo que tiene, sino que querría ser
más y tener más. El ambicioso (Olegario) "es feliz, sobre todo, por pensar
en lo que aún no tiene, pero cree que puede alcanzar".
VI. A modo de conclusión
El realismo existencial es una filosofía del corazón y una sabiduría a
medida del hombre. En este sentido, es una filosofía enraizada en la experiencia
real de la vida y conocedora de los límites y de las grandezas de la condición
humana. Es una filosofía moderada que inspira paz y fraternidad entre
los hombres y los otros seres de la creación, precisamente porque trata
de ver aquello que une substancialmente a todos los seres. Por otra parte,
es una concepción que no se encierra en la inmanencia, sino que abre un
espacio a lo trascendente. Considero que el realismo existencial no es
una filosofía de despacho, sino una actitud ante la existencia, una forma
de vivir.