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LA 'HUMILDAD ÓNTICA' EN LA PREVENCIÓN Y SOLUCIÓN DE CONFLICTOS
Leticia Soberón
Psicóloga
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Abril 2000
Revista de Conflictología #1, copyright Edimurtra

Introducción

El esfuerzo de las ciencias para suscitar una cultura más pacífica y armoniosa supone el concurso de varias de ellas en una visión interdisciplinar. Para comprender la compleja conducta humana no puede recurrirse a simplificaciones o a visiones unilaterales de los fenómenos. De ahí la importancia del diálogo entre las diversas ciencias y el valor de una paciente puesta en común sobre el significado de los términos propios de cada una. En este marco es en el que se inscriben estas líneas, que desean ilustrar uno de los muchos aspectos que inciden en la conducta humana.

¿De dónde surgen los conflictos entre las personas, entre los grupos? Habrá quien los explique a través de la genética, otros por los niveles químicos presentes en el sistema nervioso, otros más a través de la estructura interna del sistema límbico cerebral. Muchos utilizan como modelo de las pulsiones agresivas humanas, aquéllas que comparte con los animales por la posesión de un territorio, el alimento o la conquista de una pareja. Otros dirán que se trata de respuestas ante provocaciones del ambiente, tales como estrechez en el hábitat, insatisfacción de las necesidades básicas o respuesta a la violencia institucional. Y así un largo etcétera.

También la filosofía, ya desde sus albores, ha intentado dar respuesta a las inquietantes preguntas: ¿de dónde surgen los conflictos y las luchas entre los seres humanos? ¿Podrán algún día las sociedades vivir en paz? ¿Es posible prevenir eficazmente los conflictos? Entre autores como Rousseau o Nietszche, Hegel, Sartre o Mounier e innumerables más, podemos encontrar fundamentos para el optimismo, la esperanza, el escepticismo, el pesimismo o el nihilismo ante el fenómeno de la violencia humana.

Este pequeño ensayo intenta presentar la aportación de un autor barcelonés contemporáneo, el Dr. Alfredo Rubio de Castarlenas, al conjunto de esfuerzos por comprender algunas raíces del conflicto humano, ya que ofrece herramientas fundamentales para una cultura de paz. Se trata de una aportación que el autor dialogó y contrastó, a lo largo de varias décadas, con catedráticos y estudiosos de diversas disciplinas en su Barcelona natal, en Madrid, Salamanca, y casi todo el territorio español; en Italia, Suiza, México, Chile, Colombia, República Dominicana, China, Japón, Estados Unidos, etc., con el objeto de lograr formulaciones más pulidas y claras, que se enriquecieran a su vez con las preguntas y las respuestas de la ciencia de su tiempo.

I. Premisas

       - El radical límite humano
Rubio toma como punto de partida para toda su propuesta, una evidencia: "Soy algo que antes no era. Que empezó a ser. Que ahora estoy siendo." Y se da cuenta de algo que configura radicalmente su postura ante la vida: "Antes de mi engendramiento, en efecto, si algunas cosas (aunque pudieran parecer irrelevantes) hubieran ocurrido distintamente de lo que en realidad aconteció, habrían impedido las condiciones precisas para que empezara a existir ese algo que sería yo. ¡Cualquier hecho por nimio que fuera! Que mi padre hubiera declinado, por apetecerle más ir a otro sitio, la invitación a la fiesta donde se le cruzó por primera vez mi madre… O luego hubieran fijado la boda un tiempo más tarde… o después, aquel día, porque se hubieran enfurruñado, no hubieran hecho el amor… Cuando pienso, siento, que ciertamente podía yo no haber existido, un estremecimiento implacentero me recorre la médula de mi ser. Y casi a la vez, en una oleada contraria, gozo la exultante alegría de ser, de existir…" (A. Rubio: 22 historias de realismo existencial, Edimurtra, Barcelona 1981, p. 22)

Esta conciencia de "existir pudiendo no haber existido nunca" se hace particularmente palpable para el hombre moderno tras la invención del microscopio: se ha descubierto que cada ser humano es fruto de dos células concretas, el espermatozoo y el óvulo, cada una de las cuales aporta la mitad de los cromosomas del nuevo individuo, cuyo código genético es único e irrepetible. De no haberse unido precisamente esas dos células, tal individuo no habría existido nunca.

Rubio ve, pues, la evidencia del límite radical en su origen: empezó a existir y podría no haber existido. Lo primero que surge es la sorpresa y, tras ella, viene de inmediato la alegría, el gozo de existir. El autor es consciente también su límite por el final: "Un día -¿una noche?- sé que cesará este vivir. Lo recuerdo siempre, pero no me importa. Vivo". Es decir: ante tal panorama de "levedad" de su ser (como diría Kundera), Rubio no sólo no se entristece, sino que se sorprende y "goza la exultante alegría de ser, de existir". Está contento de ser quien es y como es, limitado, comprendiendo que se trata de su única posibilidad de existir en el universo.

Al abrazar su existencia concreta, Rubio se hace heredero de los hallazgos del existencialismo, que aportó la valoración del ser existente más que la idea. Pero se distancia de él en el hecho de que asume con alegría su ser concreto, con sus límites y potencialidades. No añora la absolutez del ser; sabe que no será para siempre, y aunque no cierra la puerta a una posible trascendencia, sabe bien que con sus solas fuerzas no la alcanzará. Aquí viene lo que él llama "humildad óntica".

       - Humildad óntica
Se trata de la aceptación alegre de ser uno mismo quien es y como es: con límites no sólo por su principio y por su final, sino limitado en el modo de vivir y en las propias capacidades: uno envejece, es enfermable, su inteligencia también tiene límites -incluso como colectivo, la inteligencia humana presente y en sus hallazgos acumulados a lo largo de la Historia, es limitada-. Uno es fruto de otros seres humanos igualmente limitados, con virtudes y defectos; proviene de una historia polivalente en la que hay grandes logros y también sufrimientos y guerras; sus proyectos pueden cumplirse, o bien verse truncados por el devenir de acontecimientos que no domina; está acompañado en el mundo por unos contemporáneos asimismo limitados, que no escogió ni lo escogieron como compañero de viaje.

La humildad óntica va, pues, más allá de la humildad en sus acepciones psicológica o religiosa. Podría decirse que es una forma básica de la humildad, y por ello está en estrecha relación con esas otras dos, con las que podría compartir la formulación de Teresa de Ávila: "La humildad es la verdad". En este caso se trata de aceptar, con todas sus consecuencias, las reales condiciones de nuestro modo de existir en el universo.

La persona humilde óntica deja de desperdiciar energía y tiempo en desear ser algo que no es, o en lamentarse por aquellos aspectos de su vida que no podrá cambiar jamás, tales como su origen, la historia anterior a ella o las coordenadas en las que nació. En cambio, reconciliada con su realidad, es más proclive a la contemplación de la belleza, está en capacidad de desarrollar más armoniosamente sus reales potencialidades y puede abrirse a la amistad y la colaboración con sus contemporáneos para mejorar el mundo, paliando las consecuencias negativas de los acontecimientos históricos que dieron lugar a su existencia. Comprende su ser en clave de "gratuidad", pues ve que no hizo nada para existir y no puede hacer nada para prolongar su vida infinitamente. Y además, la persona sana en su ser nota cómo está hermanada con los demás seres humanos que la rodean. Sus contemporáneos son fruto de la misma ola histórica, y se percata de esa fraternidad básica de la existencia: nadie pidió existir, todos estamos aquí pudiendo no haber existido.

Como síntesis, realzaría dos aspectos que se destacan en la humildad óntica:
       * La serena -e incluso alegre- aceptación de la muerte, pues "sólo los que no existen, no mueren". Si muero, quiere decir que existo.
       * La humildad de la razón. La maravillosa capacidad humana de comprender, de analizar, de conocer, ha sido ocasión de innumerables bienes y también de grandes estropicios. Rubio promueve sin duda el ejercicio amplio y gozoso de la razón, espléndida en su despliegue para comprender el cosmos y al hombre mismo. Eso sí, recordando que la razón es también limitada. No puede suponerse que es un destello de omnisciencia. Asumida y ejercitada en su real dimensión, es más fácilmente factor de crecimiento y verdadero avance para la humanidad.

II. La enfermedad del ser como raíz de algunos conflictos

Es evidente que muchas pugnas surgen de las naturales diferencias de enfoque, de ritmo, de preferencias, gustos y cultura que siempre existirán entre los seres humanos. Obvio, pues, que toda persona debe aprender a convivir con esas diferencias, y desarrollar las habilidades necesarias para el mejor manejo posible de los inevitables roces y conflictos que tendrá con quienes lo rodean. (En este análisis hay también que dejar un espacio a la libertad. En ocasiones, más allá de las explicaciones psicológicas o sociológicas que se encuentren para el conflicto, puede intuirse el reducto indefinible de la libertad que opta, o no, por lanzarse a un camino de paz).

Pero volviendo a nuestro recorrido, ¿dónde estaría, pues, la raíz "óntica" del conflicto? Rubio la esboza con una breve frase: "Veo por mi piel, por mi cuerpo todo, que tengo, sin embargo, que precaverme: que esta alegría de "estar" no me torne tan ebrio que me olvide por el hecho de existir, que podía no haber existido".

Esta "ebriedad" es la de quien se olvida de que lo propio suyo es ser limitado; se siente incómodo en su contingencia, rechaza con disgusto ser quien es, y añora constantemente "ser otro". Ello provoca que la persona opere -con frecuencia sin plena conciencia de ello- como si fuera un ser absoluto, al menos en algún aspecto de su vida. Dice el autor: "Si no te acabas de aceptar a ti mismo, entonces estás desasosegado y mal asentado dentro de tu encarnadura y en tu espíritu, y esa inestabilidad hace imposible la fundamentación de una buena convivencia con los demás". ("Aceptarse a sí mismo", A. Rubio, Revista RE Nº 39, p. 25). Notemos que aquí no se trata sólo de la aceptación de uno mismo en el plano psicológico. Aquí el aceptarse se refiere al ser, al modo de existir es una aceptación más global y honda, es óntica.

En su comentario al realismo existencial, el filósofo Francesc Torralba recuerda que Kierkergaard se había ya referido a algo llamado "la enfermedad del ser", en su obra Enfermedad mortal (1849). Cita Torralba que "Cuando el hombre se obstina en transgredir los límites de su naturaleza cae en la desesperación del infinito" (RE Nº 39, época 4, p. 16).

Si bien Rubio se refiere directamente a tres "enfermedades del ser" (orgullo, vanidad, ambición), a lo largo de todas sus 22 historias de Realismo Existencial aparecen diversas formas posibles de soberbia óntica, es decir, la no-aceptación de uno mismo en alguno de los aspectos que configuran su ser. Hay quien no acepta haber tenido un principio (habría deseado ser desde siempre); otros no aceptan tener un final (rechazan el hecho de su finitud, añoran la absolutez del ser); otros se sienten incómodos de los defectos de sus padres (desearían haber nacido de seres perfectos). La persona que no tolera equivocarse, funciona en el fondo como si fuera un dios que no falla jamás. El que soporta mal los imprevistos, actúa como si tuviera la capacidad de prever y dominar todos los acontecimientos. El intolerante con los defectos ajenos expresa la convicción de que él es perfecto. Y así sucesivamente. Las mil caras de la "soberbia óntica" son generadoras de conflicto dentro y fuera de la persona, pues en todos los casos provocan un descontento, una incomodidad básica que se expresa y proyecta en distintas formas en la vida personal, familiar y social y termina siendo origen de discusiones, roces y conflictos evitables. Quien se cree más que los demás, supone que merece un trato especial y que todos le deben algo; por lo tanto acaba acumulando cosas que no le corresponden, e intentando dominar a los que le rodean.

Las enfermedades concretamente presentadas por Rubio, decíamos más arriba, son tres:

- El orgullo, afán de brillar más que los otros (la "conciencia prometeica", según Torralba). Es fruto de un complejo de inferioridad óntico que, dice Rubio, "querría absorber de la tierra, por sus raíces, toda la absolutez del ser. Y quedarse, soberbio, cual eucaliptus, aunque a su alrededor agostar, como éste, toda hierba". El orgulloso se aleja y se oculta de los que sabe mejores que él, y por eso al final se queda solo. Es incapaz de trabajar con otros, colaborar, construir en equipo.

- La vanidad: una autoidolatría sobre bases falsas. Cimenta su deseo de autoestima sobre la ficción teatral que intenta presentar como autenticidad. No ama la verdad, la desnudez, pues quedaría en evidencia. Establece, pues, relaciones humanas frágiles, faltas de hondura y de sinceridad.

- La ambición: la voluntad de ser y tener lo que no se es ni se tiene. Siente una cierta forma de felicidad al estar en el camino de alcanzar lo que desea, pero está siempre insatisfecho pues aún no lo tiene. Cuando alcanza algo, deja de interesarle y se fija mayores metas. Es incapaz de reposar; el presente es sólo un instante entre el pasado y el futuro. Cuando, en su ancianidad, vuelva la vista atrás, difícilmente encontrará en sus recuerdos un momento de verdadera plenitud. Ha pedido tanto a la vida, que ésta le habrá pasado sin darse cuenta.

Las dimensiones sociales de tales enfermedades adquieren características muy riesgosas, y suelen originar conflictos de amplio alcance. Por ejemplo, en los pueblos que viven una constante inaceptación de la historia anterior y de la cual son fruto las personas de hoy. Los rencores históricos generan altas dosis de irritabilidad y prejuicios sociales. O los grupos que, en el ejercicio de una pseudo libertad, asumen la violencia como única salida a los conflictos. Están convencidos de que ellos no caerán en los vicios que marcan a los poderosos de todos los tiempos, y deciden suplantarlos tan pronto como sea posible. Desean quizá salvar a sus pueblos de las injusticias presentes, pero innumerables personas que forman esos pueblos pierden la vida en el empeño. ¿Se arregla la existencia quitándoles la existencia?

III. "Terapia realista existencial", prevención y solución de conflictos

- La persona. El realismo existencial se configura como una revisión "terapéutica" que va tocando cada ángulo de los límites humanos e invita a la persona a sanar en su ser, es decir para que sea ella misma, deseando serlo. O por decirlo con otras palabras, asuma con alegría cada aspecto de su ser y acepte libremente ser quien es. Esta armonización interna es sin duda una plataforma mucho más apropiada para la convivencia pacífica. Ello no quiere decir que la persona dejará de tener conflictos internos ni diferencias con sus semejantes, pero sí que probablemente serán muchos menos, y que podrá gestionarlos con mayor serenidad y acierto. Además tiene muchas más posibilidades de ser creativa y constructiva.

- La familia. Una pareja está madura para asarse cuando cada uno acepta con gozoso realismo que el otro es limitado y contingencial, especialmente en cuanto a la muerte, signo máximo de la contingencia. La familia debe ser el ambiente en el que cada persona se sienta amada como es y por ser quien es. En ella la persona puede recibir y dar un "sí" incondicional y libre a cada uno de los demás, que se añade a una posible relación biológica. Este clima es el más favorable para el crecimiento armonioso de las personas. En la familia se aprenden las habilidades emocionales fundamentales y la capacidad de expresar lo que uno es.

- La sociedad. En ese campo sugeriría la lectura de la Carta de la Paz, un documento con diez puntos y una posdata, basado en algunas de las evidencias señaladas por el realismo existencial. En el campo social esta Carta es humilde, no supone que se trate de un camino fácil ni que unas cuantas frases puedan frenar las guerras. "Desea indicar algunos principios que puedan ayudar a superar los obstáculos y, a la vez, ofrecer unos fundamentos sobre los que construir más sólidamente la paz". Para ello invita a revisar posturas basadas en los resentimientos históricos, la atribución de culpas del pasado a los contemporáneos, y el victimismo por acontecimientos anteriores a nosotros. Veamos algunos de sus puntos:

       i. Los contemporáneos no tenemos ninguna culpa de los males acaecidos en la Historia, por la sencilla razón de que no existíamos.
       ii. ¿Por qué, pues, debemos tener y alimentar resentimientos unos contra otros si no tenemos ninguna responsabilidad de lo acontecido en la Historia?
       iii. Eliminados estos absurdos resentimientos, ¿por qué no ser amigos y así poder trabajar juntos para construir globalmente un mundo más solidario y gratificante para nuestros hijos y nosotros mismos?

La lucha por la justicia, el esfuerzo solidario, se desarman así de inútiles resentimientos históricos que tantas veces amargan las más nobles y generosas metas. Los destinatarios de la propia generosidad son vistos como iguales, como hermanos en la existencia, valorados en su concreto existir, fruto de la misma historia que uno -historia que también tiene pus y lágrimas-.

A manera de conclusión

La sencillez y obviedad de aquella primera premisa que señalaba Rubio puede parecer tan inocua que no se le supongan tan amplias consecuencias. Por el contrario, se trata de un punto de partida que, como una piedra en cae en el centro de un lago, provoca una sucesión de círculos concéntricos que se extienden mucho más allá. Y esa "piedra" básica sería el paladear nuestro ser concreto, sin palabras. Ser, simplemente, y vivenciarlo.

"Qué sorpresa en mi ser, de ser. ¡Qué calma!
Somos cimas muy altas
en medio de lo ignoto.
       Nada nos falta
       para ser algo
       en vez de nada.
Enlacemos las manos con gran gozo
para empezar la danza"
                     (A. Rubio: "Ser". RE Nº 39, p.1)
Esta humildad óntica desemboca no sólo en paz, sino en fiesta, en la sencilla celebración de la existencia compartida.