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ANTE EL CONFLICTO... UNA APUESTA POR LA EDUCACIÓN
Marta Burguet Arfelis
Doctora en Pedagogía. Universitat Oberta de Catalunya
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2003
Artículo publicado en VINYAMATA, E. (coord.): Aprender del conflicto. Conflictología y educación Barcelona, Graó.
 

Hacer las paces con la educación. Atrévete a educar.

Apreciado/a profesor/a,
Soy un superviviente de un campo de concentración.
Mis ajos vieron lo que ningún hombre debería presenciar:
Cámaras de gas construidas por ingenieros instruidos.
Niños envenenados por médicos profesionales.
Niños muertos por enfermeras profesionales.
Mujeres y recién nacidos muertos a tiros y quemados por graduados en altas escuelas mayores y universidades.
Por tanto, sospecho de la educación.
Mi petición es: ayuda a tus estudiantes a llegar a ser personas.
Tus esfuerzos nunca deben producir monstruos, hábiles psicópatas, futuros Eichmans. Leer, escribir, la aritmética... son importantes tan sólo si sirven para hacer a nuestros hijos más personas.
(Supple, 1993)

El testimonio de este superviviente de un campo de concentración nos dificul­ta hacer apología de la educación. Y todavía más de la educación formal. Pero, a pesar de todo, apostamos por una educación que traspase conocimientos realistas, que plantee una ciencia en clave de paz y no tan sólo de guerra...

Posiblemente, la educación por sí sola no acabará nunca con las guerras ni con las causas profundas de la falta de paz y de los conflictos violentos del mundo, pero es una vía al alcance que, bien usada, puede generar paz. Ni creer que la educación lo puede todo, ni dejar las herramientas educativas en manos de unos contravalores que impregnen la sociedad de modelos irreconciliables con una convivencia armónica.

Ivan Illich ha muerto recientemente a sus setenta y seis años. El defensor de la muerte de la escuela nos ha dejado sus tesis sobre una educación sin escuela, que están en la raíz de muchas propuestas pedagógicas actuales. Pero hacer apología de la educación no significa hacer apología de la escuela, sino partir de las posibi­lidades reales de la escuela actual -y de la educación en general- para reducir la conflictividad.

Algunos autores contemporáneos nos hablan de un desconcierto ante la educación. Frente a la desorientación general, todavía hoy es posible apostar por la edu­cación y creer que podemos diseñar programas educativos optimizantes.

¿Qué pedagogía hay que diseñar para que esta educación esté realmente orien­tada a desarrollar unas actitudes de paz? La paz no viene sola, debemos trabajarla -decimos-. La educación de las actitudes y los valores puede ser una herramienta. Pero actitudes y valores no se aprenden memorizando o a golpes; se traspasan por impregnación, por modelo, por contagio. ¿Cómo podemos llegar a contagiar la paz?

Atreverse a educar es tener el atrevimiento de vivir con el conflicto, mirándolo cara a cara, afrontándolo, y desde una propuesta no necesariamente competitiva (ganar-perder) sino cooperativa (ganar-ganar).

El alumnado necesita entender los conflictos, aprender formas alternativas para resolverlos y buscar soluciones que sean satisfactorias para todos. Las frecuentes so­luciones a las que se llega con un ganador y un perdedor -con todos los daños psi­cológicos y políticos que ello comporta- podrían solucionarse favoreciendo que las dos partes sean ganadoras. Ahí radica el eje clave para deshacer el intrincado com­plejo de razones que llevan a provocar los conflictos: partir de la base de que su re­solución y/o gestión no supone un ganador y un perdedor; partir de la base de que los dualismos sólo llevan a ser fuente de nuevos conflictos futuros y de fundamen­talismos de todo tipo; partir de la base de que una buena prevención se inscribe en una buena gestión de los conflictos presentes.,

Hacer las paces con el conflicto. Atrévete a tener conflictos .

En una investigación que llevé a cabo sobre las corrientes de resolución de con­flictos Discursos sobre la paz en una sociedad plural. Gestión de conflictos y su tra­tamiento pedagógico, conté con la sugerencia de un subtítulo: «yo como generadora de ellos». A pesar de no constar en la investigación, éste fue el trasfondo que tuve presente a lo largo de todo el estudio: somos generadores de conflictos. Hay que aceptar que el conflicto es inherente a la persona humana: somos capaces de gene­rar conflictos y tenemos que convivir a diario con ellos. Muchos no se resuelven, al­gunos sí. Con los que no se resuelven tenemos que aprender a convivir de forma pacifica. Los procesos de crecimiento tienen su origen en situaciones de conflicto. He ahí la razón de valorar positivamente el conflicto cuando hay violencia, como herramientas de cambio, de desafío para desarrollar respuestas nuevas y soluciones creativas, y no meramente como proceso patológico que haya que restablecer.

El conflicto está presente en el primer y en el último acto de nuestra vida, en el nacer y en el morir, al crear algo nuevo y al mantenerlo. Los más pesimistas dirían que estamos destinados a la conflictividad. Los realistas -que no por ello utópicos ­decimos que somos personas con capacidad de crear conflictos, de «hacer mal, y a su vez con capacidad de mostrarnos ternura y de amar.

El primer paso para poder intervenir en situaciones conflictivas es darnos cuen­ta de que hay conflictos, y muchos. Hay conflictos en todos los niveles (empresas, países, sistemas económicos, vecinos, intelectuales, familiares, interpersonales...). A menudo, los conflictos suceden por motivos totalmente insólitos, por competencias entre unos y otros, por malentendidos...; a menudo porque vamos sobrecargados y discutimos enseguida...; a menudo por no comunicarnos suficientemente bien, por olvidar traspasar informaciones, por interpretarlas mal, por no saber decir a los otros aquello que pensamos o queremos... ¡por mil y un motivos!

Podemos situarnos ante el conflicto con dramatismo, sin aceptarlo, o bien re­conociendo su existencia, aceptándolo.

Hacer las paces desde el realismo. Atrévete a aceptarte.

«No tiene ninguna culpa de ser así» -decimos a menudo excusando un carácter duro o agresivo de hijos o alumnos. Pero también queremos cambiar a las personas. I I Otra cosa es querer sacar lo mejor del otro, pero en todo caso desde la aceptación. Hay rasgos de la persona que no son conductistas, sino genéticos. Por tanto, no hay culpa. Hay que aceptar a las personas como son. No una aceptación resignada, desde la queja, porque nos ha tocado y no hay otra posibilidad -en definitiva... ¡ninguno de nosotros pidió existir!-. Partir de una aceptación gozosa supone darnos cuenta de que la única forma posible de existir de los otros es siendo como son. Si me alegra que existan los demás, me alegra también que sean como son, pues de otro óvulo y otro espermatozoide no habría existido ninguno de los que existimos.

Una vez superada esta primera aceptación gozosa de la existencia, entonces sí que podemos trabajar en clave pedagógica. Una vez superado el absolutismo del conductismo, aceptando también el genetismo, podemos educar con raciocinio par­tiendo de la realidad. Pelearnos contra el genetismo sería como querer culpabilizar al gato por arañar.

El disparate pedagógico de padres, maestros y adultos en general es recriminar a los niños que sean como son. ¿Cómo podemos hacer que un naranjo sea un man­zano? Desde la aceptación gozosa de los otros, y de nosotros mismos, podemos apostar para que cambien y para que cambiemos. Pero la primera estrategia pedagógica que hay que trabajar es 1a aceptación de la realidad tal cual es. Castigar al naranjo por no ser un manzano es un absurdo. Castigar a un niño concreto por no adecuarse a los- parámetros que la escuela actual reclama es apostar por homogeneizar la so­ciedad. ¡Cuántos niños han fracasado en la escuela y de adultos han tenido la oportunidad de demostrar su gran talento e ingenio!

Este castigo a los niños de mayores se convierte en marginación. ¿Cómo podemos castigar a los adultos? Marginándolos. Es el peor castigo que se puede infligir a una persona, la marginación en todas sus múltiples formas. Por imposible, porque no es como nos agrada, marginada.

La filosofía del realismo existencial, aportación de Alfredo Rubio en su libro 22 historias clínicas -progresivas- de realismo existencial, también contribuye a la reso­lución de conflictos, principalmente a los conflictos fruto de la no aceptación. Desde el realismo existencia I partimos de la evidencia de que somos quienes somos o no sería­mos. Existimos, cuando había tantísimas posibilidades de que no hubiéramos existido nunca. Topamos, por tanto, con un límite por el origen: empezamos a existir, pero no había nada que implicara que acabaríamos existiendo. En primer lugar surge la sorpre­sa, y después la alegría y el gozo. Topamos también con el límite por el final: un día dejaremos de existir; sólo los que no existen no mueren. Existir con este límite es la úni­ca posibilidad de haber existido, por tanto, también surge la alegría. De filosofías como la de Sartre o Heidegger, al topar con este límite surge la angustia y el pesimismo.

El realismo existencial propone la humildad óntica como herramienta terapéu­tica para resolver conflictos. Humildad viene de humus, que significa tierra. La humil­dad no es más que pisar con los pies el suelo, andar al nivel del suelo. Captar la realidad tal cual es. La persona humilde óntica' deja de derrochar energía y tiempo deseando ser lo que no es, o lamentándose por aquellos aspectos de su vida que no podrá cam­biar: su origen, su historia anterior... La persona humilde óntica vive reconciliada con la realidad, contempla la belleza, se reconcilia con su ser y lo comprende en clave de gratuidad; ve que no hizo nada por existir y no puede hacer nada por mantener su vida infinitamente. La persona humilde óntica acepta el límite de su origen y acepta el límite de su final. Acepta los límites biológicos de enfermedad, belleza..., también los defectos de sus padres y los acontecimientos históricos que sucedieron antes de su engendramiento, ya que son condición necesaria para su existencia actual.

Una pedagogía para la aceptación realista debe ir orientada a trabajar estrate­gias que lo favorezcan. Por ejemplo, el efecto Pigmalión, basado en crear expectati­vas positivas sobre los otros, ya que influyen en ellos potenciando su aceptación. Procedimientos como la asertividad, la autoestima, la reconciliación, el reconoci­miento del otro... van en esta línea. También educar actitudes orientadas a la acep­tación de la fragilidad: reconocer que no somos imprescindibles para la supervivencia de otro universo.

El realismo existencial detecta también algunas enfermedades del ser como raíz de algunos conflictos:

•  Soberbia óntica como generadora de conflicto, de las luchas por añorar ser otros, por no aceptarse uno mismo, motivo de una mala convivencia con los otros.

Humildad óntica: Propia del ser. La verdad aplicada al ser humano, Cualidad del ser humano que se re­conoce gozosa y exactamente en aquello que es, ni más ni menos. Es fuente de conflicto cuando se tien­de a considerar más de lo que se es. Un itinerario pedagógico de realismo existencial en humildad óntica supone mostrar a las personas todos los aspectos de su modo de existir reconociendo las potencialidades y los límites