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DE ANALFABETISMO FUNCIONAL A ANALFABETISMO EXISTENCIAL
Marta Burguet Arfelis
Doctora en Ciencias de la Educación
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2005
Artículo publicado en la revista Profesiones (septiembre-octubre 2005) nº 97. Madrid

Nuestras sociedades cada vez más complejas, destinan esfuerzos en medir los handicaps de la evolución humana: medición de los niveles de subdesarrollo, estadísticas sobre los índices de pobreza, listados de los niveles de analfabetismo… Toda medición tiene sus parámetros objetivos para ello, a los cuales se llega por consenso empírico entre los profesionales del paradigma en vigor.

Sin embargo, menos numerosos son los estudios que revelan los índices de consecución de un nivel óptimo de desarrollo social. Quizá por el hito humano de llegar a la perfección, partimos habitualmente de la medicióin de cuánto nos falta por alcanzar ese pretendido nivel de optimización humana. Es así como tendemos a analizar los distintos parámetros del analfabetismo más que del alfabetismo en si.

En relación a este concepto, la misma UNICEF establece como indicadores básicos de analfabetismo las tasas de escolarización en la enseñanza primaria y secundaria. En el Foro sobre la Educación para Todos (Dakar, 2000) se reconoció el derecho del niño/a a una educación primaria gratuita y obligatoria de calidad, poniendo en evidencia la gran brecha del acceso a la enseñanza por cuestión de género, así como múltiples desventajas de exclusión que a menudo los mismos métodos académicos poco flexibles incrementan esa brecha social.

Si la alfabetización depende de la escolarización, podemos felicitarnos, pues según la Evaluación de la Educación para Todos para el Año 2000, esa tasa de matriculación en la escuela primaria incrementó notablemente en todas las zonas. Desde la Cumbre Mundial a favor de la la Infancia, el porcentaje mundial de personas analfabetas –incluidos adultos- ha descendido considerablemente. A pesar de ello, se constata que el analfabetismo no es un problema a erradicar de forma inmediata, sino producto de la interrelación de muchas variables: factores culturales, socioeconómicos, educativos… Una creciente complejidad social en todos los ámbitos lleva a que esos índices sean medidos por distintas variables en función de la cultura en la que el sujeto se inserte. Así pues, ese nivel de alfabetismo-analfabetismo variará en las distintas culturas, con el agravante de que también vendrá determinado por la cada vez mayor movilidad social de los mismos sujetos.

Si antes medíamos el alfabetismo por el grado de conocimiento del alfabeto (sea el occidental de raíz latina o griega, sea el árabe, sea el chino, o bien las múltiples lenguas de las tribus africanas…) hemos constatado que la adaptabilidad social y el grado de inmersión en una cultura no sólo depende de ese alfabetismo sino también del que ha venido a denominarse alfabetismo funcional –prioritario para moverse en sociedad sin disfunciones o discapacidades sociales, como también las podríamos denominar-. Así, en nuestra cultura sería analfabeto funcional quién no sabe cómo usar un cajero automático, quien tiene dificultad para la comprensión de una factura de la luz, agua o gas, quien no se maneja fluidamente con el uso del teléfono móvil o quien no puede abrir con agilidad a través de un portero automático. En algunos países se le ha venido a llamar ‘cultura de botones'. Hay que tener en cuenta que la franja de edad de analfabetismos de este tipo supera los 55 años, con lo cual comprende a ciudadanos no escolarizados. Con ello, podemos afirmar que este tipo de analfabetismo no se vence asegurando unos índices de escolarización completos. Así mismo, podemos constatar que los programas curriculares habitualmente no comprenden este tipo de aprendizajes, que sí forman parte de lo que vendrían a ser los ‘aprendizajes de la vida'. ¡Cuántos niños de 4 a 8 años están enseñando a sus abuelos a poner un DVD o hacer una foto con la cámara digital!!! Y no forma parte de ningún área curricular de la escuela formal.

Dentro de estos analfalfabetos modernos para funcionar en sociedad, además del meramente tecnológico –que desde la sencillez del alfabeto 0-1, como nos dicen los técnicos que es la base de ese mundo digital, se esconde mucha mayor complejidad- también podemos constatar el analfabeto social o administrativo, propios de quien no tiene las habilidades sociales básicas para funcionar en sociedad o quien no cuenta con las capacidades para manejarse de forma ágil en el complejo entramado administrativo de nuestra sociedad –ya sea para poner una denuncia, alquilar un nincho funerario o acceder a la seguridad social de su país.

Así como la cultura del alfabeto desarrolló y sigue desarrollando unas zonas concretas de nuestro encéfalo y produce un tipo de conexiones neuronales que desarrollan esas zonas, la ‘cultura de botones' permite el desarrollo interconexional de otras zonas de nuestro cerebro, de tal modo que ejercitándolo nos movilizamos en una dirección concreta de la evolución humana. Habrá que estudiar si ello irá en detrimento de otras zonas de conexión neuronal y después de miles de años la evolución de la especie humana sentirá esa etapa como un paso clave en su proceso filogenético. Si en el paso a la hominización el hecho de andar ergido fue fundamental, serán las generaciones posteriores las que medirán cuánto ha influido en la evolución de la especie el hecho de perder algo de la psicomotricidad fina a favor del desarrollo táctil-visual-auditivo, o de las habilidades sociales propias del crecimiento del tercer sector.

Esa evolución funcional viene determinada, como señalábamos anteriormente, por la cultura en la que debemos funcionar. Así pues, un senegalés tendrá un índice de alfabetismo funcional elevado si sabe bajo qué árbol se tercian las conversaciones de paz entre los grupos enfrentados de su tribu, mientras que un suizo tendrá ese mismo nivel de alfabetismo si hace uso del contenedor para el reciclaje del papel que permite reducir la tala de bosques en su país.

Si el Informe Delors de la Educación para el siglo XXI vaticinaba una educación para este siglo sostenida en cuatro grandes pilares –aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos y aprender a ser-, podemos ampliar este alfabetismo funcional por el que optamos en estos cuatro objetivos: alfabeto de conocimiento cognitivo, alfabeto de conocimiento procedimental, alfabeto de convivencia armónica y alfabeto del ser. Desde esta perspectiva, saber el funcionamiento de un cajero automático debe contribuir a una convivencia armónica con nuestros conciudadanos, debe posibilitar conocer los ‘botones' necesarios para dichos trámites, debe favorecer el aprendizaje procedimental propio de ese ‘saber hacer', pero también y en gran medida, a lo que mayormente debe contribuir es al desarrollo de un bien-ser por encima de una bien-estar, al desarrollo en aquellas facetas y puntos en los que el propio ser vaya sintiéndose plenamente desarrollado como tal y en cuánto tal. Ese será el fundamento sobre el que se sustentará el alfabetismo funcional común a cualquier cultura y país: no meramente ser para funcionar, sino sustentar bien el ser para llegar a bien-ser, y de ahí, poder también funcionar.

De algún modo el mayor analfabetismo que podemos sufrir, o el que perjudica mayormente a la persona humana, no es tanto el desconocimiento de un alfabeto lingüístico, ni tampoco el desconocimiento de un funcionamiento social necesario, sino el vacío existencial que produce la carencia de ese cuarto pilar de la educación para el siglo XXI: aprender a ser. Los analfabetismos existenciales serían nuevas formas de déficits sociales para desarrollarse plenamente, que además vienen acompañadas necesariamente de las anteriores y que desde un enfoque sistémico podemos partir de unas formas de analfabetismo encadenadas unas a las otras, interrelacionadas e internecesarias.