UNA NUEVA ACTITUD: EL REALISMO EXISTENCIAL
Alfredo Rubio de Castarlenas
Médico y autor del libro 22 Historias clínicas de realismo
existencial.

1989.
Ponencia presentada en las Jornadas
Interdisciplinares: ADOLESCENTES DE LOS NOVENTA. ABRIR CAMINOS A LA PAZ,
organizadas por el Ámbito de Investigación y Difusión
María Corral. Barcelona, España.
Publicado originalmente en www.ambit.org.es
I. Se ha dicho que filosofar es "algo" referente al ser y
que la historia de la filosofía es la historia de las distintas
interpretaciones del ser. Pues bien, el realismo existencial es, en
este campo, también un esfuerzo del razonar. Esfuerzo que desea
mantenerse, ante todo dentro de las estrictas posibilidades de la misma
razón. Es decir, sin recurrir ni invocar nada que pueda estar
más allá de ella, como serían las creencias, fueran
las que fueran.
Manteniéndose dentro de sus límites y precisamente por
eso mismo, nuestro razonar desea vivamente un diálogo que resulta
connatural con todas las ciencias, y en especial aunque no exclusivamente
con las más cercanas, de un modo u otro, a la Antropología.
El realismo existencial, al hacerse cada vez más consciente
de nuestra contingencia, de la "levedad de nuestro ser" (para
decirlo con palabras de Kundera), nos lleva a una auténtica humildad
óntica, que es base firme y punto de arranque de toda una serie
de actitudes del ser humano respecto a sí mismo, al mundo que
le rodea y también con referencia a toda la historia.
II. ¿Qué es el realismo existencial?
Muchas veces se habla largamente de alguna cosa, incluso sin haberla
visto de hecho. Recuerdo una discusión de arquitectos sobre la
conveniencia o no de invertir grandes sumas para la conservación
de Venecia, y ninguno de ellos había estado nunca en esa ciudad.
No habían podido sentir la emoción de su ambiente, ese
etéreo sentimiento de pisar sus plazas, sus estrechas aceras
al borde del agua, contemplar "in vivo" su belleza o deslizarse
en la tarde por sus canales.
Eso ocurre también con harta frecuencia en el tema del ser.
Se puede perorar sobre muchos aspectos de él, incluso sin haber
gozado la vivencia, la experiencia del existir más cercano que
es uno mismo. Entonces el discurso filosófico se hace aberrante
o demasiado abstracto.
La gente corriente es vanamente extrovertida. La frivolidad es precisamente
no dar importancia a nada, a pesar de que cada ente tiene en sí
la cosa más importante imaginable: su ser "ser", su
existir.
Muchas veces nos parece que no tenemos tiempo de paladear en la soledad
y el silencio y, mejor aún, si nos envuelve la oscuridad y nos
empapa un sosegado abandono, paladear, digo, la evidencia también
de que antes uno no era y sin embargo, ahora se es. Llegado ese momento,
nos sentimos como flotando. Y percibimos también algo "extra-mí"
que nos sostiene, como el mar cuando sobre él nos tendemos inmóviles.
Pero, a la vez, nos sentimos libres, dueños de uno mismo dentro
del área de nuestros límites. Ese "algo" desconocido,
extrínseco, no me ata como tampoco el mar.
Además, casi de inmediato igualmente la sorpresa de ese "estar-existiendo-ahora"
cuando antes ciertamente no existíamos. Y vemos, a solas con
nuestra razón, que si cualquier detalle de los que incidieron
en nuestro engendramiento hubiera sido distinto (desde el Big-Bang hasta
aquel día de amor de nuestros respectivos padres), nosotros no
existiríamos. Por ejemplo, si los padres, por cualquier mínima
causa, no se hubieran encontrado ni conocido en la vida. Y está
claro que no nos hemos dado este ser que tenemos, que es la razón
de todo nuestro devenir.
Este, repito, sentir que existimos frente a tantas posibilidades universales
de no haber existido nunca, hace brotar un éxtasis y, muy probablemente
a la vez, una alegría precisamente por existir en medio de la
total oscuridad de la no existencia. Y esta vivencia del existir que
uno siente es previa al razonar. Laín Entralgo lo expresa así
en su reciente libro El cuerpo humano, teoría actual:
"La sentencia de Descartes pienso, luego existo ¿no es un
razonamiento secundario y artificioso, y a la postre inútil?
A mi juicio, si el poder decir y estar diciendo "yo existo"
(por tanto: el origen y la posesión de la conciencia y la certidumbre
del propio existir) dimana de una evidencia anterior a todo acto mental;
es un dato inmediato de la conciencia, para decirlo con las palabras,
también famosas, de Bergson".
Y si ese sentir es previo al razonar, lo es aún más,
por consiguiente, a las palabras. Si digo soy, ya he recorrido un largo
camino desde aquel percibir que existo hasta ese inventar un verbo con
el que quiero expresar algún modo -quizás también
expresármelo a mí mismo-, aquella evidencia sentida, esa
autoevidencia. Si luego formulo además yo soy, anteponiendo explícitamente
ese pronombre al verbo, he andado mucho más trecho todavía,
pues me he descubierto, no sólo como existente sino como persona.
Esta evidencia de existir (que primero hay que saborearla pausadamente
para poder luego hablar de ella con seriedad) no es una abstracción.
¡Es, justamente, lo más real! Y pletórica de consecuencias.
El realismo existencial desea unir en nuestro pensar la realidad y
la existencia; la realidad real de nuestro ser. No es una metafísica-fuera-de-nosotros,
idealista y con tanta abstracción que el ser se nos hace casi
como un fantasma. El ser está en nosotros, que es donde encontramos
primero la base más cercana, clara y real, para la posible elaboración
de una teoría del ser. En nosotros el ser no es extranjero. Nos
es cotidiano y diáfano, aunque esa diafanidad nos siga dejando
en penumbra -y eso es bellísimo- el insoslayable misterio.
III. Las palabras "realismo existencial" pudieran sonarnos
como un eco de otra forma de pensar bien conocida: el Existencialismo.
Si bien aquél coincide con éste en dar de nuevo una gran
importancia al ser del ente, aún sin negar las esencias (Heidegger
mismo, decía que eran custodios del ser), al llegar a un cierto
punto del camino común, el realismo existencial sigue diversa
dirección.
El pensamiento de Heidegger es consciente de la fragilidad de nuestro
ser. "Es un ser para dejar de ser" como una estrella fugaz
en una noche de verano. Esto les parece absurdo a los existencialistas
y por ello la vida la interpretan como una pasión inútil.
Y esta finitud a Sartre le da "náuseas". Según
ellos, el "hombre auténtico", consciente de su trayectoria,
debe vivir en continua "angustia existencial", como la que
agarrotaría al que cae desde un alto andamio a la calle, viendo
cada vez más cercana su muerte sin sentido.
Y un hombre es "inauténtico" si trata, en cambio,
de olvidar este drama personal y colectivo que no tiene solución,
distrayéndose con bagatelas, por ejemplo: tener ambiciones, enamorarse
o pretender construirse un porvenir. Lo coherente con ese pensar del
Existencialismo sería más bien el suicidio para acabar
de una vez con esta angustia inútil del "vivir para dejar
de vivir". Y ya no se tiene ni la efímera gloria de habernos
dado a nosotros mismos el ser, se tenga al menos, el trágico
esplendor de destruirlo por uno mismo.
La autodestrucción parece a alguno que es quizá lo único
serio y razonable. O una apocalíptica destrucción del
mundo. Cuando Alemania se hundió y Hitler se suicidaba, las radios
transmitieron el wagneriano y nietzschiano "Ocaso de los dioses".
¿Cuál es, pues, la encrucijada donde el realismo existencial
emprende otro camino?
Veamos:
El hombre existencialista, al descubrir que nada menos es ser, se envanece
y no querría seguir siendo un contingente, limitado, no sólo
en el espacio sino, sobre todo, en el tiempo. Recordemos el título
del primer libro famoso de Heidegger: "Ser y tiempo". El existencialista
querría poseer de alguna manera, ya que existe, la absolutez
del ser. Por eso cree que le es ofensivo, traidor, ese tener que dejar
de ser. De ahí el desprecio al mismo ser que tiene, ya que no
es la clase de ser que él desearía.
En cambio, el hombre-realista-existencial, más realista, valora
del todo su existencia concreta, pues reconoce que él es así
o no sería nunca. Que no podría ser el que es con otra
clase de ser, por ejemplo, el ser de las piedras o de un superman o
super hombre.
Ser como se es, contingente y ser quien es, constituye nuestra única
posibilidad de existir en medio del universo. Puede haber muchos otros
existentes, pero son otros. Yo no. Hamlet dice con una calavera en la
mano: "Ser o no ser, ésta es la cuestión (o la pregunta)."
Podríamos añadir: "Ser quien soy y como soy, un ser
finito y con límites, o no ser."
La encrucijada marca esas dos direcciones: hacia el orgullo del ser
o hacia la humildad óntica. La primera dirección, a pesar
de mucho orgullo que se tenga por ser conduce a un engreimiento que
hace desear tener un ser que fuera más densamente ser, para liberarse
así de los límites propios del ser humano. Ello lleva
a la desesperación ante la imposibilidad de alcanzar este deseo.
Por el contrario, la humildad óntica, es decir, la aceptación
gozosa de nuestro leve ser que es nuestra única posibilidad de
existir lleva a la alegría jubilosa de ser. Y así podemos
disponer de todas nuestras fuerzas para desarrollar lo mejor posible
el abanico de nuestras posibilidades en vez de malgastarlas en improperios
y frustraciones. Y se puede contemplar la belleza de toda cosa y sentir
anhelosa y a la vez plácidamente, la solidaridad y la amistad
de los que comparten con nosotros, igualmente sorprendidos y gozosos,
el existir. Cada uno se sentirá entonces más hermano de
todos, no tanto por la común sangre humana sino, aún más
hondamente, por el sendo existir que es lo que más nos enlaza.
Heidegger decía cuando le preguntaban: "que sí,
que pensaba escribir algún día una teodicea", materia
que incluye todo sistema filosófico en general. Hubiera sido
una teodicea existencialista en este caso. Pero murió, al menos
sin publicarla. Heidegger no negaba el misterio; nos llevaba hasta sus
puertas y hasta creía en un ser trascendente.
Yo, pobre de mí, no me atrevería siquiera a tener un
semejante propósito teodiceico. Me bastaría poder llegar
también, a la linde del misterio mediante todo el esfuerzo de
nuestra razón humana, que hay que reconocer que es limitada,
como todo lo nuestro. Misterio que está tanto fuera como dentro
de nosotros mismos. Y alcanzada esta frontera y feliz de haber arribado
allí, me contentaría con acurrucarme a su sombra y contemplar
detenidamente desde ese otero todo lo que existe en mi entorno. Quizá
descubriríamos que ese velo invisible que nos cierra el paso
a lo ignoto, no es frío sino cálido, no rígido
sino envolvente. Y que cuanta más humildad óntica logremos,
más innominada luz se transparenta en él.
Y no sé... sentiríamos como un indescriptible perfume
que nos llegara de detrás de las tapias de un inimaginable jardín.
Los seres vivos racionales, en cuanto a tales, pueden intentar hacer
toda clase de analogías para atravesar de alguna manera esta
frontera. Pero me parece que es como saltar con pértiga: se sube
más alto, sí, pero se sigue cayendo a este lado nuestro.
¿Qué son realmente la belleza, el bien, la verdad, cuando
éstas las suponemos infinitas?
Si bajamos en cambio, por el pozo abierto de la conciencia de nuestra
vida, hacia el nivel más hondo del existir, allí se contacta
con ese algo absoluto, como dice Zubiri, con el poder de lo real. Este
contactar es como una mística óntica aunque natural nada
más. El palpar y aceptar gozosamente estas dos clases de ser,
yo y ese algo radicalmente distinto de nosotros, es la humildad óntica
que venimos señalando.
IV. Esa actitud del realismo existencial humilde por ser existencial
y real está, como decíamos, llena de consecuencias, a
mi ver, esclarecedoras. También entraña válidos
aspectos al abordar la Historia, la cual, por desgracia, tantas veces
va envenenando las relaciones de todo tipo de los seres humanos en el
ámbito nacional e internacional.
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