Escríbenos
Documento base


ENCUENTRO EN EL ESPEJO
Alfredo Rubio, médico
descargar artículo
1986
Artículo publicado en la Revista RE núm.39

El espejo era un adminículo más para afeitarme, como la máquina eléctrica o la loción "after shave".

Pero hoy me fijé en mis ojos. Me miré como cuando uno mira a los ojos de otra persona, poniendo en esta mirada el alma y estableciéndose con "ese otro" una conversación profunda sin necesidad de palabras. Hoy, sin saber por qué, me he mirado así. He establecido conmigo mismo un diálogo hondo que me ha llegado, con cierto escalofrío, a la misma consciencia.

Al verme objetivado en el espejo, me he descubierto uno entre los otros, tan digno de ser apreciado, amado, como hay que hacerlo con el prójimo. Me he descubierto menesteroso de mi atención. Y yo me he sentido culpable de olvidarme de "ése" que tenía enfrente, de someterlo sin piedad no sólo a los otros sino, con mayor frecuencia aún, a mis ambiciones. He marginado, casi siempre, a ese ser con mi mismo nombre y apellidos que este amanecer tenía bien enfocado por la luz del lavabo.

He descubierto, de repente, que también tengo deberes para con esa persona que soy yo mismo- tan pisoteada por mis urgentes e importantes quehaceres... Que ese hombre cansado y algo melancólico tiene derechos que reclamarme: cuidados, descanso, sosiego, comprensión, afecto...

Parecía que, mudo, me lo imploraba mansamente como un perro maltratado. He descubierto, sí, que yo era soberbio y he sentido remordimientos de haber tratado con altanería a ese "yo otro" reflejado en el espejo, que ha sido harto sumiso. Ha despertado en mi, todo un sector ético que mantenía penumbroso en el desván. He sido demasiado señor de mi mismo, y ello es peligroso; nos hace proclives a acabar siendo, además, señores de los otros. No. Hay que ser servidores por aprecio, de los demás y también, ¿por qué no?, de uno mismo, ya que soy tan débil como la muchedumbre.

En el Viejo Testamento se nos decía que había que amar a los demás como a uno mismo. En el Nuevo se colige una revolución copernicana de esa medida del amor que uno se debe amar a sí mismo en la misma medida ni más ni menos que uno ame a los demás. Porque se es, humildemente, uno como los otros.

Solamente sintiéndome amado por ellos y por mí mismo, es como podré ser límpido hontanar de vida, dispuesto a darse sin medida incluso a los que no nos aman, ni siquiera se aman a si mismos. El ser humano necesita esencialmente de los otros seres humanos; si no ama a los demás, mal podrá llegar a ser un espécimen en plenitud. Pero, si a la vez uno no se ama con dignidad, ¿qué podrá dar a los otros sino un ser ultrajado por uno mismo? ¿Qué testimonio, qué garantía de respeto, libertad, comprensión y cuido?

………

¡Pobre yo de mi espejo!, ¡qué poco me he preocupado de ti! Me lo han dicho tus ojos esta mañana con una sola mirada, larga, sin apenas reproche, pero más certeramente expresiva que todas las palabras.