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QUÉ ES


Se ha dicho que filosofar es "algo" referente al ser y que la historia de la Filosofía es la historia de las distintas interpretaciones del ser.

Pues bien, el realismo existencial es, en este campo, también un esfuerzo del razonar. Esfuerzo que desea mantenerse, ante todo, dentro de las estrictas posibilidades de la misma razón. Es decir, sin recurrir ni invocar nada que pueda estar más allá de ella, como serían las creencias, fueran las que fueran.

Manteniéndose dentro de sus límites y precisamente por eso mismo, nuestro razonar desea vivamente un diálogo que resulta connatural con todas las ciencias, y en especial aunque no exclusivamente con las más cercanas, de un modo u otro, a la Antropología.

El realismo existencial, al hacerse cada vez más consciente de la contingencia, de la "levedad del ser" (para decirlo con palabras de Kundera), lleva a una auténtica humildad óntica, que es base firme y punto de arranque de toda una serie de actitudes del ser humano respecto a sí mismo, al mundo que le rodea y, también, con referencia a toda la historia.

Eso ocurre también con harta frecuencia en el tema del ser. Se puede perorar sobre muchos aspectos de él, incluso sin haber gozado la vivencia, la experiencia del existir más cercano que es uno mismo. Entonces el discurso filosófico se hace aberrante o demasiado abstracto.

Unir la realidad y la existencia.

La frivolidad es precisamente no dar importancia a nada, a pesar de que cada ente tiene en sí la cosa más importante imaginable: su ser "ser", su existir.

Muchas veces parece que hoy en día no hay tiempo de paladear, en la soledad y el silencio, la evidencia también de que antes uno no era y sin embargo, ahora es.

Igualmente tampoco paladeamos la sorpresa de ese "estar-existiendo-ahora" cuando antes ciertamente no existíamos. Y vemos, a solas con nuestra razón, que si cualquier detalle de los que incidieron en nuestro engendramiento hubiera sido distinto (desde el Big-Bang hasta aquel día de amor de nuestros respectivos padres), nosotros no existiríamos.

Este sentir que existimos frente a tantas posibilidades universales de no haber existido nunca, hace brotar una alegría precisamente por existir en medio de la total oscuridad de la no existencia. Y esta vivencia del existir que uno siente es previa al razonar.

Esta evidencia de existir (que primero hay que saborearla pausadamente para poder luego hablar de ella con seriedad) no es una abstracción. ¡Es, justamente, lo más real! Y pletórica de consecuencias.

El realismo existencial desea unir en nuestro pensar la realidad y la existencia; la realidad real de nuestro ser. No es una metafísica-fuera-de-nosotros, idealista y con tanta abstracción que el ser se nos hace casi como un fantasma. El ser está en nosotros, que es donde encontramos primero la base más cercana, clara y real, para la posible elaboración de una teoría del ser. En nosotros el ser no es extranjero. Nos es cotidiano y diáfano, aunque esa diafanidad nos siga dejando en penumbra -y eso es bellísimo- el insoslayable misterio.

El realismo existencial valora la existencia concreta, pues reconoce que el ser humano es así o no sería nunca. Que no podría ser el que es con otra clase de ser, por ejemplo, el ser de las piedras o de un superman o super hombre.

Una alegría jubilosa.

Ser como se es, contingente y ser quien se es, constituye nuestra única posibilidad de existir en medio del universo. Puede haber muchos otros existentes, pero son otros. Yo no. Hamlet dice con una calavera en la mano: "Ser o no ser, ésta es la cuestión (o la pregunta). El realismo existencial añade: "Ser quien soy y como soy, un ser finito y con límites, o no ser."

La encrucijada marca esas dos direcciones: hacia el orgullo del ser o hacia la humildad óntica. La primera dirección, a pesar de mucho orgullo que se tenga por ser, conduce a un engreimiento que hace desear tener un ser que fuera más densamente ser, para liberarse así de los límites propios del ser humano. Ello lleva a la desesperación ante la imposibilidad de alcanzar este deseo. Por el contrario, la humildad óntica, es decir, la aceptación gozosa de nuestro leve ser que es nuestra única posibilidad de existir, lleva a la alegría jubilosa de ser. Y así podemos disponer de todas nuestras fuerzas para desarrollar lo mejor posible el abanico de nuestras posibilidades en vez de malgastarlas en improperios y frustraciones. Y se puede contemplar la belleza de toda cosa y sentir anhelosa y a la vez plácidamente, la solidaridad y la amistad de los que comparten con nosotros, igualmente sorprendidos y gozosos, el existir. Cada uno se sentirá entonces más hermano de todos, no tanto por la común sangre humana sino, aún más hondamente, por el sendo existir que es lo que más nos enlaza. Actitud necesaria para construir un mundo más justo.

(Alfredo Rubio de Castarlenas, extraído de su ponencia "Una nueva actitud: el realismo existencial", pronunciada en las Jornadas Interdisciplinares: ADOLESCENTES DE LOS NOVENTA. ABRIR CAMINOS A LA PAZ, organizadas por el Ámbito de Investigación y Difusión María Corral. Barcelona, España, 1989.)